Una de la experiencias más gratificantes que el ser humano puede sentir en su vida es la del buceo. Sumergirse en el agua significa el retorno a la naturaleza primigenia del hombre, el elemento donde se originó la vida, el ecosistema marino. Un entorno donde reina la más absoluta tranquilidad, donde las algas conviven en armonía con peces de todos los colores y donde el silencio se erige en la nota musical predominante. Son las frías aguas del Mediterráneo, allí donde las corrientes marinas son tan abundantes como la afluencia de barcos pesqueros.
Uno de los santuarios del Mare Nostrum se encuentra en la provincia de Málaga. Puntos de inmersión como el acantilado de Maro, Laja Bermeja, Punta de Torrequebrada o el pecio del Faro de Calaburra constituyen un museo viviente de fauna y flora en medio de la nada. Estrellas de mar, pulpos, doradas, sargos, gorgonias, herreras, nudibranquios y hasta el imponente mero componen un paisaje submarino que se entremezcla con símbolos de un tiempo pasado, como son los restos arqueológicos fenicios y romanos que se ocultan entre las rocas. Un mundo escondido dispuesto a ser descubierto por el buceador más intrépido que llega a la Costa del Sol en busca de aventura. Para satisfacer su curiosidad está el Club de Buceo Los Delfines, situado en el Puerto Deportivo de Benalmádena, que cada verano recibe a cientos de turistas de todos los países del orbe en busca de emociones fuertes.
En este centro trabaja desde hace tres años Salvador Santiago Navarro, instructor nacional dos estrellas e Instructor Avanzado SSI. Este buzo profesional asegura que el Mediterráneo es la mejor escuela para un buceador, debido a “la dificultad de moverse en unas aguas tan turbias, tan frías y con tantas corrientes” como las de este mar. Por ello, “los alumnos del club aprenden en las condiciones más adversas, por lo que cuando van a cualquier sitio del mundo a bucear lo hacen con más seguridad, con menos riesgos y disfrutan más”, explica. Hasta tal punto que llega a afirmar que “el que sabe bucear en el Mediterráneo, sabe bucear en cualquier parte del mundo”.
En cambio, no ocurre lo mismo con los extranjeros que llegan cada verano a Los Delfines. Normalmente, son gente que ha buceado en las aguas más cristalinas del planeta, en playas como las del Caribe, el mar Rojo, las islas Maldivas, Tailandia o Indonesia, donde, en general, “aprenden muy mal”, señala Navarro. Así, muchos de estos turistas se sacan los cursos de buceo en dos días, por lo que “cuando vienen aquí no tienen ni idea”, “no saben bucear” e incluso “se juegan la vida”, asegura este instructor, a lo que añade que esos lugares son “una factoría de dinero que sacan a buceadores en tres días”. Mientras tanto, hacer un curso de buceo por Fedas, la Federación Española de Actividades Subacuáticas (la titulación que se da en el Club Los Delfines), requiere un mínimo de ocho días de formación intensiva.
Con el equipo al completo (desde la cabeza hasta los pies, gafas de buceo, respirador, botella de aire, jacket, cinturón de plomos, guantes, escarpines y aletas), Alfonso Gallardo, otro instructor y buzo profesional del Club Los Delfines, se dispone a zambullirse en el agua desde un barco con su traje de neopreno rojo. En temporada alta realiza inmersiones dos veces todos los días. Otros dos buzos, que están haciendo un curso de buceo, le esperan en el agua vestidos como su guía. “Hoy [por ayer] ha venido poca gente, debido a la resaca del día del Carmen”, afirma Gallardo, aunque en verano suelen venir una gran cantidad de personas”, afirma. Por su parte, Javier Gancedo, de 33 años, también monitor y buzo profesional, se ocupa del timón del barco. En su opinión, el trabajo de instructor requiere “una gran responsabilidad”.
Porque, ante todo, el buceo es un deporte de riesgo. Uno de los más frecuentes es la sobrepresión pulmonar, que se produce “cuando el buceador, al iniciar el ascenso, aguanta el aire de sus pulmones ya sea de forma voluntaria o involuntaria, de forma que el aire se expande y busca otra salida no natural, dando lugar a daños internos”, explica Navarro. Otro de los más típicos es el conocido como ED o Enfermedad Descompresiva, resultado de la aparición de burbujas de nitrógeno en los tejidos del cuerpo como consecuencia de la disminución de la presión. Además, los buceadores inexpertos también pueden sufrir, según este instructor, “ataques de pánico y agobio, además de que consumen más aire”.
Pese a ciertas precauciones que siempre hay que tomar debajo del agua, todo lo demás se puede definir como placentero. La sensación de libertad, de estar en un espacio con gravedad cero, nadando a 20 o 30 metros de profundidad en el lecho subacuático (la mejor altura para apreciar la gran riqueza y biodiversidad marina) constituye una experiencia fascinante. Y son las aguas del Mediterráneo el mejor lugar para recibir un bautizo, como llaman los buceadores a quien se pone el traje de neopreno por primera vez.
Fuente Malaga Hoy


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